lunes, 13 de septiembre de 2010

Cosas que me gustan: postales,ciudades, piedras y libros...III


Esta postal me la trajo mi amiga Inmaculada Reina en el mes de febrero, de Venecia.

Le he puesto un sendero de piedras de la mano, y le pisé un pie sin querer al "Arlecchino della commedia dll´arte" (espero que no le duela).
Venecia... es una de las ciudades que deseo visitar desde hace mucho tiempo.
Aunque parezca que he estado allí mil veces, mientras leía "Muerte en Venecia" y otros libros. Siento que ya he paseado en góndola por sus canales, visitado en la noche sus palacetes, deambulado por sus calles de agua dentro de una góndola...
Porque hay ciudades para vivir, cómo Málaga. Llenas de luz, de amigos, de olor a mar...
Y ciudades para visitar y no olvidar, como es el caso de Venecia.

Poste restante


Hola Martín: Aquí estoy en la terraza, sola, frente a la costa. No hay viento, el mar está quieto. Una confesión: la soledad ha dejado de herirme. Mejor aún: me permite revisar, casi diría descifrar, mi pasado sin gracia. En un platillo de la balanza coloco mis odios; en el otro, mis amores. Y he llegado a la conclusión de que las cicatrices enseñan; las caricias, también.

Poste restante, Mario Benedetti

domingo, 12 de septiembre de 2010

Cosas que me gustan: árboles, piedras y libros


A veces pienso en hacer una lista con lo que más me gusta: personas, piedras, libros, escribir, cuadernos, postales, boligrafos, recuerdos... (el orden no es aleatorio). Empezaré con la postal del árbol que me trajo mi amigo Miguel de Londres y alguna de las piedras que encuentro en la orilla del mar, los libros que tengo leídos, a medio leer, o en espera.

Listado:

1. Leer bajo un árbol sentada sobre una piedra, (a ser posible con un cojín).

(El libro que hay debajo de la postal es “Nada” de Carmen Laforet)

Me encanta el blog de Isabel Bono "Esa piedra me ha llamado por mi nombre" (de ahí me inspiré...)


martes, 7 de septiembre de 2010

La tortuga de Atocha II



Que no, que no puede ser, se dijo. Que con quejarse y compadecerse a sí misma no conseguiría nada, sólo hundirse en esa laguna sin fondo. Así que decidió empacar su soledad y dejarla a un lado, e irse a un lugar dónde hubiera muchas tortugas. No conocía a ninguna, pero le daba igual. Escucharía sus conversaciones, imaginaría sus vidas, hablaría con ellas. Al fin podría abandonar su vida monótona y solitaria. Tal vez funcione, pensó.





sábado, 4 de septiembre de 2010

La tortuguita



Allí estaba, en mitad de su charca. Sola, infinitamente sola. Irremediablemente sola.

De nada le valían sus tropecientos amigos del feis, ni los otros tantos del msn.

La soledad no perdona, se dijo, está siempre al acecho.

Hoy era uno de esos días que nadie contesta al teléfono. Hubiera querido ir al cine, a tomar un cafecito, hacía mucho calor. Pero una tortuga sola, sentada en una terraza sería sospechosa, y no quería ver las caras lastimeras de los transeúntes, que la mirarían de reojo al pasar.

Así que alargó su cuello, entonó una canción y con los ojos cerrados imaginaba que andaba descalza por una orilla lejana, sintiendo las olas del mar lamer sus pies, mientras flotaba en su charca solitaria...