―Mamá, no olvides que vamos
hoy a comer.
―Que sí, chiquillo,
que ya lo sé ¿Sobre qué hora llegaréis? Vale, un beso.
Una hace lo que puede.
Ahora me voy a sentar un ratito a tomar un descafeinado con sacarina. Que si yo
no miro por mí, no va a mirar nadie. Todo el día sin parar, desde que me tiro
de la cama. Abro las ventanas, haga frío o calor. Riego mis macetas: las
pilistras, los geranios, que están que dan gloria. Después barro y
friego la cocina, el baño, el salón y mi dormitorio. Le echo un chorreón de
amoníaco al agua, porque la gata va dejando pelos por todas partes y la niña es
alérgica a los gatos. Mi hijo dice que me deshaga de la gata, que si no,
no van a venir más. Que no vengan. La gata es la única compañía que tengo.
Cuando me pongo mala, empieza a maullar hasta que me tomo las pastillas.
Me fastidia pensar en lo
que tengo que hacer de almuerzo. Mi nueva nuera está a dieta, mi hijo no puede
comer sal y la niña tiene colesterol. Me llamó anoche y esta mañana otra vez.
Se nota que estamos a final de mes. Ahora viene siempre con su nueva novia, su
pareja o como leches se diga. Y es que no aprende, con lo mal que lo pasó
con la lagarta de su ex mujer. No ha escarmentado. Ahora va y se junta con esa, y me la trae con la niña
de ella, porque mis nietos los tiene la lagarta y apenas me deja verlos. Cuando
vienen les doy un billete de cinco euros y se van enseguida sin darme ni un
beso siquiera.
A ver por dónde nos sale
esta. Él, está encoñado.
Si lo sabré yo, sólo sabe
hablar de ella: que si Rafi es lo mejor que le ha pasado, que si hace unos
espaguetis muy ricos… pero cuando vienen a comer aquí, la Rafi aplasta el
culo en la silla y no es para ayudarme a recoger la cocina. Ahora sí, a poner
faltas no hay quien la gane. El último día que vino, me dieron ganas de tirarle
la olla a la cabeza. Dijo que mis garbanzos estaban duros y que sabían a
rancio. Rancia ella, no comió. Y encima mi hijo se enfadó conmigo. ¡Y
otra vez estoy cocinando como una tonta! Croquetas para la niña, un
filete de ternera y ensalada para ella y su puñetera dieta. Y encima tocará
bronca, se me olvidó comprar la Coca-cola, pero con el dolor de piernas que
tengo ya, no estoy para bajar otra vez a la tienda.
Mi vecina Reme, dice que
quién me pagará todo lo que hago. Que me gasto casi toda la paga en
kinder para la niña, bio-desnatados para ella y Cola-cola para todos. La
tontería de la dieta, si está más delgada que una acelga. Lo que yo quiero es
que mi hijo venga a verme. Y que no me traten como a una sirvienta, que los
setenta años pesan como un saco de piedras. Desde que me dio la trombosis, el
médico me dijo que me cuidase. Me tomo el Sintrom y tengo que tener
cuidado con las heridas que me desangro con nada. También me
recetó unas pastillas para orinar. Así que me tiro toda
la noche yendo y viniendo al baño. Aún no quiero usar pañales, no
vaya a ser que me acostumbre a hacerlo encima.
Mi hijo dice que le da
coraje venir porque lo pongo nervioso cuando me ve acelerada. Si yo soy así, no
he parado nunca, desde niña que me pusieron a servir en una casa y me tenía que
subir en una caja para alcanzar a fregar los platos.
Mi difunto era de los
antiguos y nunca ayudó a nada en casa, ni siquiera sabía cómo encender la
hornilla para calentarse el café, ni qué ropa ponerse cuando se duchaba y allá
que tenía que ir yo a llevarle hasta los calzoncillos al cuarto de baño,
porque no los encontraba. Era trabajador (dios lo tenga en su gloria) y todos
los meses me traía el jornal que no se gastaba en las traga perras. Era
poco, por eso yo tenía que echar unas horitas limpiando en las casas. Yo quería
que mi hijo estudiara, aunque el muy zascandil no terminó la carrera. Al menos,
ahí está, de guarda jurado.
Tengo fatal las
piernas, entre las varices y las rodillas. Le echo la culpa a la señora que me
obligaba a fregar el suelo hincada de rodillas. A esa, la dejé en cuanto me
quedé viuda y tuve la paguita entera para mí.
Me apunto a los viajes del
Inserso. La pensión no me da para explayarme mucho y menos si tengo que comprar
todas las semanas Cola light, Kinder y Bio-desnatados, además de preparar
el menú triple. Pero la niña ya me llama abuela y me da un beso cada
vez que llega.
Antes me juntaba con la
Reme para ir los viajes. Ella ronca, pero yo me ponía algodones en los oídos y
así podía dormir algo. La pobre siempre ha sido encogida, nunca quería tomarse
unos churros con chocolate en Casa
Aranda porque decía que eran
muy caros. Ella es así, no tiene nada suyo. Cuando hacía lentejas, siempre me
traía un platito.
Lo mejor de los viajes era
el bufé libre, que ponían de todo: paella, ternera estofada, sopa de marisco,
bacalao y unos postres riquísimos: arroz con leche, natillas, helado… Yo no
puedo comer de nada de eso, por la tensión alta, el azúcar, el colesterol y el
ácido úrico. Pero como son pocos días y pago igual, como hasta reventar. Cuando
vuelvo, no me abrochan las faldas.
En el último viaje nos
salió un pretendiente. Un hombre viudo y bien parecido. Me pidió bailar primero
a mí y yo le dije que no. Desde que falta mi difunto no he querido nada con
varones, ya tuve bastante con él. Pero la Reme le dijo que sí y bailaron.
Después se fue con él. No volvió en toda la noche. A él le dio un patatús y lo
tuvieron que ingresar en urgencias. Desde entonces la Reme no se ha separado de
él y ya no hace ni lentejas.
La vida hay que
tomarla como viene. Porque una sufre. Mejor apago el puchero
y voy partiendo la lechuga. Llegaran en cuanto recojan a la niña del colegio.
Hoy le voy a echar un chorreoncito de laxante en la ensalada, que la niña
no la prueba. Ea, para que haga mejor la dieta.
―¡Hola abuela! ¡Uhmm qué
ensalada más rica! Y la niña sin que me de tiempo a nada, se zampa un cogollo
de lechuga.
No quise ni resollar, pero
estaba preocupada. Al rato la niña fue al baño y se vació enterita, angelito mía.
La madre se quedó tan pancha viendo la tele y mi hijo enritado porque dice que no le compre tantas
chucherías a la chiquilla que luego pasa lo que pasa.
Total, que la culpa siempre
la tiene una.
Loli
Pérez González
Relato
publicado en Septiembre de 2015 en el libro de AAVV Palabras
Mayores, Editorial Azimut.
Real como la vida misma. Me ha encantado.
ResponderEliminarMuchas gracias Chelo.
EliminarIntenté ser realista.
Un abrazo enorme
tal cual. Me encanta, lo has clavado, Loli. La explotación de los abuelos es tremenda, y la ingratitud. Enhorabuena por la publicación.
ResponderEliminarGracias Javier. La foto cantó el relato.
EliminarUn abrazo gigante.
Me encanta Loli!!! Que lastima que la insensatez de muchos hijos haga esclavos a tantos mayores después de una vida de sacrificios.
EliminarMe encanta Loli!!! Que lastima que la insensatez de muchos hijos haga esclavos a tantos mayores después de una vida de sacrificios.
EliminarTriste Lolilla. Pero de esto tú sabes tela...
ResponderEliminarEnhorabuena Loli, me parece de una gran hondura humana y retrata tal cual una realidad.Un abrazo
ResponderEliminarGracias Maritina!! abrazos
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