viernes, 13 de noviembre de 2009

Miradas

Miradas...


Por un instante sentí la calidez de tu mirada, acurrucada en mi espalda. Me giré, te sorprendí. Y no te sonrojaste. En un momento pude ver al niño que vivió en ti. Lo adiviné a través de tus ojos color café. Al que se enfermaba adrede para que lo mimaran un poquito más. Al que dejó de hablar para que le prestasen más atención. Al que capturaba saltamontes para luego soltarlos cuando pasaba por su lado. Al que tiraba piedras a mi ventana y después se escondía tras la verja. Al que evitaba ponerse al teléfono, pero después llamaba y no hablaba. Al que escribía poemas que aparecían entre las hojas de mi cuaderno, sin nombre, pero con su letra clara. Al que nunca me decía nada. Al que sigue ahí, mirando en silencio, igual que cuando teníamos quince años…

martes, 10 de noviembre de 2009

Me voy



Me voy...



Regreso, me marcho. Te espero. Y tú ¿Dónde estás? ¿Qué haces? Quiero saberlo TODO:
qué piensas, qué lees, si escribiste algo ayer. No contestas. En realidad, tampoco pregunto. Tardas tanto en volver... Puede que sólo sean horas encadenadas, días perdidos… A mí se me antojan años, decenios, milenios. En esta espera silenciosa, llena de de soliloquios, binomios y astrolabios oxidados. Desordenados.

Atestan mi espacio lunar, lleno de harapos raídos.

Te siento tan cerca y tan
lejos a la vez.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Flotadores





flotador=amigo

Pieza hecha de una materia flotante, como corcho, caucho o plástico, llena de aire en estos últimos casos, que se sujeta al cuerpo de quien se introduce en el agua para evitar que se hunda==Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato==Astr. Cuerpo celeste que emite energía luminosa, calorífica, etc., producida por reacciones termonucleares. Una estrella típica es el Sol.



Pues eso que las amigas y amigos son como flotadores y como estrellas que aunque no se les vea sabes que están ahí, y que te puedes agarrar como si fueran un flotador y nadar tranquilamente en un momento determinado, cuando hay oleaje.

¡¡¡¡¡¡GRACIAS POR ESTAR AHÍ!!!!!!!

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El Lienzo



El Lienzo © Loli Pérez González



Siempre me gustó el sabor amargo de la mermelada de naranja pero hoy sentí como si hubiera mordido un trozo de hiel. Había empezado a desayunar, cuando escuché en las noticias: "La policía ha encontrado en un piso de las afueras el botín de una peligrosa banda de ladrones..."
Y fue entonces cuando la vi, allí plantada entre relojes, gargantillas de oro, pistolas, fajos de billetes… Estaba de pie contra la pared. Era sin duda, su Autorretrato. Me miró fijamente desde la pantalla de plasma del televisor, reconocí la mueca de ironía en su boca, sus ojos alabastrados, fulminantes y vivos y la palma de la mano levantada al frente, en un vano afán de querer detener el tiempo. El mechón de pelo sobre su mejilla en forma de media luna. Sus labios pintados de rojo escarlata.

Recuerdo con nitidez el día que empezó a pintarlo. Yo le había regalado el lienzo, lo compré a un anticuario que estaba liquidando últimas piezas, a precios de locura. Parecía muy antiguo tenía un color blanco roto, pero el tejido era fino y suave. Cuando ella lo vio enseguida supo lo que iba a plasmar en él, era el lienzo que había esperado para pintar su autorretrato.

Primero hizo lo que ella llamaba “la mancha”: un color de base, homogéneo. Después trazó con un lápiz las líneas de contorno a seguir. Buscó los botes con los colores y empezó a mezclarlos en la paleta.

Estábamos los dos solos, en su buhardilla. Era de madrugada, o quizás atardecía, de lo que sí estoy seguro, era que había poca luz y estábamos rodeados de silencio: el espejo, el lienzo, la paleta, los colores, el pincel y nosotros dos, respirando nuestras respiraciones acompasadas, inmersos en nuestro micro universo.
Nosotros dos, ambos reflejados en aquel espejo. Ella, sólo ella dentro del lienzo se dibujaba a sí misma, en gruesos trazos, colores vivos y luminosos. No sé por qué aquella tarde sentí crecer un muro invisible que me desplazaba de su vida. Pero como siempre, cuando algo no me interesa, finjo no enterarme. Y continué allí, un tiempo más, a la espera de que ocurriera algo. Intentando ser útil, necesario, imprescindible. Le hacía los recados, la comida de la que ella apenas probaba bocado. Le ponía la música de Pavaroti que antes tanto le gustaba alta, mientras pintaba abstraída pero ahora encoje el entrecejo y baja el volumen al mínimo.

Yo quería formar parte del lienzo de su vida, pero cuanto más lo intentaba, más lejano e impotente me sentía a cada momento.

Absorta en su trabajo, obsesionada con su imagen, trashumante del espejo al lienzo, de la realidad a la inmortalidad. Mordía distraída el extremo del pincel mientras un mechón del pelo escapaba rebelde sobre su mejilla, a veces se llenaba de pintura al acomodarlo tras la oreja, con el extremo del pincel.

Escondía su cuerpo menudo dentro de una bata banca llena de manchas multicolores. Se movía ágil, calzada con sus zuecos fosforitos. Paleta en mano, mezclaba los colores: magenta, púrpura, terracota, blanco, añil... Yo la observaba desde mi rincón mientras fingía leer y el olor a pintura mezclado con aguarrás emborronaba el aire, nos laceraba los pulmones, perturbaba nuestros sentidos.

Y ahora pienso en aquella tarde cuando volvíamos de la calle y le dije:
―No te muevas, vida mía ―y ella me miró aterrada, moviendo la cabeza a los lados sin decir nada.
Habían forzado la cerradura de la buhardilla. Yo me asomé despacio sin hacer ruido. No había nadie dentro. En el suelo estaban los cajones de la cómoda con la ropa interior revuelta, habían rajado el colchón, desparramado la harina, los macarrones… todo el contenido de los muebles de la cocina.
Ella me siguió sin que yo notara su presencia tras de mí y no pudo retener un aullido que escapó de su garganta, al ver los botes de pintura derramados y mezclados sobre el suelo y el caballete vacío. Los intrusos se habían llevado lo único de valor que teníamos… su obra más querida, su Autorretrato. Aquel día marcó una raya continua y divisoria en nuestras vidas, todo cambió entre nosotros. Fue como si con el Autorretrato se hubieran llevado una parte de ella, imposible de recuperar. En los días siguientes dejó de sonreír, apenas si me hablaba. Perdió la inspiración, su ilusión por pintar y se marchó lejos. Ni siquiera me dejó su nueva dirección.

Yo me quedé allí, aferrado al pasado. Duele cada vez que me envuelven los recuerdos, los susurros del silencio y el vacío, su calma, su quietud, su agobiante ausencia al final de cada tarde. Porque desde que ella no está ya no aguanto la algarabía de la gente que sube por la ventana, ni la música, ni la risa de los demás.
Ella se llevó el sabor de mi boca, el color de mi vida. Me siento como un animal amargo y desorientado. Apago el televisor, me pongo la chaqueta, sé que tengo que ir a la Comisaría. Debo recuperar su Autorretrato. Y será complicado. Busco la copia de la denuncia. No sé qué tendré que hacer pero, si consigo rescatar el Autorretrato, será como recuperar una parte de ella, una parte de mí mismo, una parte de una vida que ya no existe aunque me niegue a aceptarlo.

FIN

domingo, 1 de noviembre de 2009

LA SOLEDAD DE LOS NÚMEROS PRIMOS


(…)Porque estaban unidos por un hilo invisible, oculto entre mil cosas de poca importancia, que sólo podía existir entre dos personas como ellos: dos soledades que se reconocían” (…)

(...) Son números solitarios, sospechosos, y por eso encantaban a Mattia, que unas veces pensaba que en esa serie figuraban por error, como perlas ensartadas en un collar, y otras veces que también ellos querrían ser como los demás, números normales y corrientes, y que por alguna razón no podían (...)

(…)Porque el recuerdo de las personas que no amamos es superficial y se evapora pronto (…)


Este libro narra la conmovedora historia de Alice y Mattia, dos seres cuyas vidas han quedado condicionadas por las consecuencias irreversibles de sendos episodios ocurridos en su niñez. Desde la adolescencia hasta bien entrada la edad adulta, y pese a la fuerte atracción que sienten entre ellos, la vida erigirá entre ellos barreras invisibles que pondrán a prueba la solidez de su relación.


Me ha gustado la sutileza con que describe los rasgos psicológicos de los personajes y va desgranando poco a poco la esencia de la soledad. Como nos envuelve en una intriga que utiliza a lo largo de toda la novela y cómo nos va desvelando pequeños detalles, y nos deja a la imaginación del lector hilos sueltos que al final no temina de atar. El final no es convencional, no ocurre lo que se esperaba y por eso también me gusta.

Y cómo el título va vinculado a la regla matemática de que existen entre los números primos algunos aún más especiales. Son aquellos que los matemáticos llaman primos gemelos, pues entre ellos se interpone siempre un número par. Así, números como el 11 y el 13, el 17 y el19, o el 41 y el 43, permanecen próximos, pero sin llegar a tocarse nunca. Esta verdad matemática es la metáfora que el autor ha escogido para narrar esta novela.

Con sólo veintiséis años, Paolo Giordano se ha convertido en el fenómeno editorial más relevante de los últimos tiempos en Italia.

Si supieramos la dificultad que entraña escribir una novela a veces supongo que no seríamos tan críticos cuando nos reunimos a debatir sobre ella. Y lo que no debemos olvidar es que en novela siempre estamos tratando de alguna manera con hechos ficticios.