jueves, 3 de julio de 2014

RAFAEL CHIRBES, CICLO UN CAFÉ CARGADO DE LECTURAS



Aunque no  es un autor mediático, ni se prodiga en entrevistas, desde aquí quiero agradecer a Rafael Chirbes que compartiera su tiempo con los lectores malagueños en el Ciclo "Un café cargado de lecturas"  organizado por el Aula Cultural SUR y el Centro Cultural de la Generación del 27 en la terraza del Hotel Molina Lario. Fue la noche de la víspera de San Juan, mientras en las playas se asaban espetos de sardinas, se saltaban las hogueras con los Juás y la selección española decía adiós al mundial de fútbol.


 Pablo Aranda nos presentaba a un Rafael Chirbes, sencillo, franco y directo que no se anduvo por las ramas y lo primero que nos dijo fue que deberíamos estar leyendo en vez de estar allí, que a él siempre lo podemos encontrar en sus libros. Confiesa que se delata en cada uno de ellos, con sus obsesiones y sus manías, que aparecen aunque no lo quiera.
Nos habló de sus libros, de su primera novela Mimoun, diferente al resto, la que más disfrutó mientras la escribía, y que en cada párrafo hay un poema. Crematorio y En la Orilla son como un testamento en las que crea situaciones que sabe que no van a gustar al lector.
 La literatura tiene que contar lo que no se puede contar desde un artículo, un informe o un ensayo. Debe contar la verdad, lo que pasa en el exterior con palabras de ese exterior.
 En la Orilla quería captarlo todo, es una novela pulpo, que saca los tentáculos en todas las direcciones, habla del final de la burbuja inmobiliaria, de sexo, del poder detergente del dinero, de la vejez que nunca acaba bien. Son temas desagradables, que a él no le gustan y al lector tampoco pero que se ve atrapado en esa maraña. Por eso es dura de leer, sin comas  y un narrador que apenas aparece.
“La verdad hay que decirla, a pesar de las consecuencias. La literatura tiene sus métodos, una densidad y capacidad de purgante. Una especie de piquete sobre sus propias ideas. Cada vez que termina una novela se queda agotado, vacío una temporada.”
Recomienda “El cuento de nunca acabar” de Carmen Martín Gaite, afirma que debería ser lectura obligatoria en todas las escuelas.
Quisiera transcribir todo lo que dijo, porque cada una de sus palabras estaba cargada de verdad y contundencia. Nos contó que escribe sin método, un poco a ciegas, que va escribiendo sobre la marcha, en cuanto encuentra el tono, que tres o cuatro palabras mal puestas pueden estropear un capítulo completo.
 Escribe sobre su generación, para aprender, escribiendo es como consigue ponerse a flote y saber dónde está y el lugar que ocupa. Escribir es una forma de salvarse, además es  un método muy barato, basta con lápiz y papel, escribir es como  bracear para no hundirse. Intenta contar algo distinto a lo que  se está contando en el ambiente.
Piensa que La Celestina es la gran obra de la literatura española, una novela sobre la falsedad del lenguaje, dónde el narrador está poco presente y los criados intentan hablar como los señores y viceversa.
En La buena letra, se trata ese tema, alguien que tiene la verdad y no sabe escribir y quien sabe escribir no dice la verdad. “La buena letra es el disfraz de las mentiras”
“Está muy cabreado con los cabreados, porque no se han cabreado antes”
Hablando de García Marquez y de Relato de un naufrago  “Hay escritores que nos enseñan el mar en medio del secano”
“Nadie es más que nadie, sino el que hace más”

                                                    Loli Pérez

jueves, 26 de junio de 2014

En «Letras en audio»




En la radio cultural «El mundo en voz» de Rosario, Argentina, dirigida por Nerina Thomas, escritora y poeta perteneciente al grupo de Poetas Andaluces de Ahora se emitió el pasado 25 de Junio en el programa nº 8 de «Letras en Audio» realizado por Jone Miren Asteinza ( Nerim). En esta ocasión estaba dedicado a  “El amor, el desamor”.
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Acompañada de algunos de los más audaces del género, Mirentxu Asteinza lee un fragmento de mi relato "A la velocidad de la luz", (finalista en el XIV Certamen literario "Dime que me quieres") que podéis escuchar a partir del  minuto 22' 25.
 Aún así os recomiendo la audición completa, cuyo contenido podréis encontrar en la página El blog de Nerim.


martes, 17 de junio de 2014

Far Leys, Miguel Ángel Oeste






Cada vez me resulta más complicado dar una opinión personal y objetiva de una novela, más aún cuando apenas hay referencias de otros lectores por ser novedad editorial como en este caso  Far Leys, de Miguel Ángel Oeste. 

Una novela sobre la vida de un músico maldito, Nick Drake que en 1974, con solo veintiséis años, fue hayado muerto en la casa de sus padres, la mansión Far Levis.

La trama de la novela comienza treinta años después, narrada a través de dos personajes, Jane MacDonals una mujer que conoció y amó a Nick sin ser correspondida por él. Profundamente marcada por un sentimiento de culpabilidad, por la muerte de su hermano Ian en la infancia y por el recuerdo obsesivo de Nick Drake, que  a pesar de ser la persona más importante en su vida, no pudo hacer nada por salvarlo. Se traslada de Londres a Nueva York y allí recibe la visita de Richard, un actor con una vida personal complicada, que quiere hacer una película sobre la figura del músico y de aquella época mítica, vertiginosa e intensa, de la sociedad sumida en la euforia de las drogas, el sexo, la soledad, las fiestas y sobre todo la música como telón de fondo a finales de los años sesenta y principios de los setenta.
A través de las entrevistas que hace Richard a los distintos personajes que conocieron a Nick Drake, nos va sumergiendo los recuerdos no tan míticos y nos muestra a un Nikc humano, sensible, que lo que desea ante todo es dedicarse a su única pasión, la música, por lo que debe enfrentarse a la oposición de su padre al dejar los estudios.
Nos adentramos en la vida del músico a través de la visión de estos dos narradores subyugados por la muerte, por la persecución de fantasmas que, de manera más que simbólica, convierte en fantasmales sus propias vidas. 
Una novela con imágenes muy potentes, que nos descubre a ese músico maldito que deseaba la fama y que murió sin ser reconocido. Un personaje tímido, suave como lo denominan en alguna ocasión, con un terrible miedo escénico que necesitaba horas para afinar su guitarra, convirtiendo en desastre sus los conciertos. Sus canciones se hicieron famosas después de su muerte, gracias a un anuncio de televisión. Ahora es considerado un músico de culto, cuando en vida solo logró vender algunas copias de sus tres discos.

“Él era una esponja y le gustaba captar y descubrir nuevas visiones del mundo. Reflexionaba sobre los cambios que se producían y tomaba la iniciativa cuando algo le interesaba. Con los años se fue alejando por su propia voluntad hasta que decidió desaparecer. Fue su elección.”

Siempre nos preguntamos qué hay de verdad y de ficción en este tipo de novelas que giran sobre un personaje real. Nos cuenta Miguel Ángel Oeste que unos son inventados (Janet) pero otros son reales, que conocieron realmente a Drake. Richard está inspirado en el actor Heath Ledger, muy conocido por su interpretación en “Brokeback Mountain” o “El caballero oscuro”. Ledger quería hacer una película sobre Nikc Drake e incluso, antes de suicidarse lo que rodó fue un cortometraje basado en la vida del músico, con una de sus canciones “Black dog” en la que se habla de la depresión. El cortometraje lo protagoniza Ledger y aparece suicidándose, meses más tarde con veintiocho años, lo haría en la vida real.

-A tu lado siempre estaré sola. No puedes remediarlo. Es algo que está en ti.
No podía escribir.
¿qué coño significaba eso?

Por eso cada lector puede opinar que le apasiona o no, pero no le dejará indiferente esta nueva novela de Miguel Ángel Oeste, por mi parte considero que está escrita con  una voz propia, agilidad literaria, dónde se nota un concienzudo trabajo de investigación del que solo nos muestra algunos destellos necesarios para hacerla creíble.

Escuchar la música de Nick Drake mientras se lee la novela es todo un deleite, pincha aquí si quieres escuchar algunos de sus temas.


                                                                        Loli Pérez
                                                                  Punto y seguido



lunes, 2 de junio de 2014

A la velocidad de la luz




A la velocidad de la luz


Por Loli Pérez

Pensaba en ti, ensayando lo que te diría cuando volviéramos a hablar, imaginando cómo sería lo nuestro cuando volviera. Llamé a casa pero nadie respondió. Sin saber muy bien por qué, lloré hasta quedarme adormecida sobre la cama. En ese momento no sentía rencor, ni rabia, tal vez solo miedo. Esos días eran un aplazamiento, como cuando esperas en la sala de un hospital a que te den un diagnóstico. A pesar de los errores, quería que todo siguiera como siempre, quería volver y que estuvieras esperándome, ahora lo sabía.

Si te apetece leer el relato entero desde el principio, pincha aquí 

martes, 20 de mayo de 2014

Argucia

Para la noche en blanco en homenaje a García Márquez, convocadas por Cristina Consuegra, un grupo de sus alumnas y amigas, escribimos un relato con la siguiente consigna: extensión quinientas palabras, que empezara y terminara con las frases en negrita pertenecientes a la novela Crónica de una muerte anunciada.

                                Imagen de Polanoid

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar, se levantó a las cinco treinta de la mañana. Se preparó un café bien cargado y encendió un cigarrillo. Había sido una noche de esas en que los ojos se niegan a cerrarse y la mente es como un remolino volteando una y otra vez el mismo asunto.
 Bayardo San Román, se había casado el día anterior con Ángela Vicario. Ellos, lo acordaron así, ambos se casarían con muchachas de poca fortuna para mantener las apariencias en aquel pueblo decadente. Santiago, aún ignoraba que Bayardo se había arrepentido la misma noche de bodas y había devuelto a Ángela a casa de su madre. Aplastó la colilla destrozándola con la punta del zapato y dio un sorbo al café ya frío, que le supo amargo.
Escribió una carta a Bayardo, dónde le pedía y le daba explicaciones a la vez, donde le reiteraba sus sentimientos, sus miedos y sus dudas, donde le rogaba que abandonase a Ángela. La leyó varias veces y haciéndola una bola, la lanzó sobre las brasas que agonizaban en la chimenea. El papel se encogió, ennegreció y desapareció en una llamarada efímera. En ese momento tuvo un mal augurio, pero sacudiendo la cabeza lo descartó.
 Decidió salir a caminar un rato para cansar las piernas y calmar los ánimos. Aún titilaban las últimas estrellas y la luna blanquecina colgaba del cielo mostrando su sonrisa vertical. Hacía fresco, se levantó la solapa y encogiendo ligeramente los hombros, aligeró el paso. Aspiró el olor de las almendras amargas que impregnaba el aire. Al día siguiente se marcharía de aquel pueblo decadente, dónde no pudiera ver la casa de la colina, ni los ojos traicioneros de Bayardo San Román.
Paseó por las calles desiertas, llegó a la colina dónde estaba la casa de los recién casados y levantó la vista hasta el balcón del dormitorio. Bajo la luz tenue, oscilaba una sombra. Se agachó y cogió un guijarro para lanzarlo contra el cristal, pero se detuvo al ver más sombras agitándose en el dormitorio. Apretó el guijarro dentro del puño y sintió como las aristas ásperas, le herían la línea de la vida. Lo tiró contra el suelo y rebotó varias veces sobre el pavimento. Santiago Nasar se alejó por la vereda, cabizbajo, pateando el guijarro y con las manos metidas en los bolsillos.
En las casas del pueblo empezaban a brillar las primeras luces cuando llegó junto al río y se sentó bajo el castaño centenario, donde solían quedar en secreto. Encendió otro cigarrillo y escuchó el silbido de Bayardo San Román. Hablaron de hombre a hombre y se abrazaron largamente. Bayardo le contó sin entrar en detalles, que había inventado una argucia para deshacer su matrimonio sin levantar sospechas y podrían huir juntos en cuanto Santiago Nasar se despidiera de su madre.
Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina

                                           © Loli Pérez