Hoy creo que voy a poner fin ya a las entradas sobre Berlín. Recuerdo que el día que hice estas fotos me sentía como una hormiguita pequeña en la inmensidad de esas avenidas.
Durante este viaje he sentido muchas sensaciones. Sentí que los días pueden ser muy cortos y las noches muy largas. Que el sol se puede esconder y aunque sepamos que está ahí no verlo en ningún momento.
Pero he sentido otras muchas más: la de volar, la de sentirme perdida y encontrada a la vez, también aislada, incomunicada pero a la vez entender el lenguaje no verbal.
Lo mejor de todo ha sido superar el miedo que me daba salir sola, verme perdida y sobre todo poder reencontrarme a mí misma.
Querer aprender a no crear muros a mi alrededor que me aislen de los demás o al menos hacerlos lo más pequeñitos posible.
He sabido que existe un frío intenso, helado con el que no puede luchar más que moviéndose, o refugiandose. Que me ha enseñado a apreciar el calor y el refugio del hogar.
Y sobre todo el significado de la palabra extrañar. Porque he extrañado de sobremanera a mis seres queridos, a mi familia, a mis amigas y amigos.
De alguna manera me ha hecho despertar una parcela de mi mente, verlo todo desde otra perpectiva y plantearme a dónde quiero ir realmente en este momento de mi vida y a dónde no.